miércoles, 25 de septiembre de 2013

La apariencia ya no engaña


apariencia
@morguefile

En estos días me invitaron a una reunión informal donde se debatían las dinámicas de selección de personal en la actualidad. No resultó ningún documento escrito de aquella reunión, pero si pudimos establecer una base conceptual que describe cómo se están manejando hoy en día los responsables de recursos humanos. Me sorprendieron dos cosas en aquella reunión, por un lado enterarme que algunas empresas gestores de bases de datos de candidatos para diversas áreas de trabajo, estén llamando a las personas que se encuentran en el paro, ofreciéndoles puestos vacantes de incorporación inmediata; sin embargo las entrevistas sólo son estrategias para aumentar su base de datos. Esto me pareció impresentable. La segunda cuestión tiene que ver con el argumento que me toco defender en aquella reunión y que versa sobre la importancia o no de la apariencia de las personas en una entrevista de trabajo.


Este es un concepto que en el mundo laboral tiene gran significado. Cuando hablamos de la apariencia de las personas, inmediatamente acude a nosotros la idea de alguien que intenta aparentar lo que no es, o el aspecto físico de un individuo que genera infinidad de preguntas sobre su contenido intelectual o su nivel de formación.

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@morguefile
Por la diversidad de interpretación que se le puede dar a este concepto, no soy partidario de definir un puesto de trabajo por la apariencia del candidato. He asistido a entrevistas donde a muchos candidatos se les rechazaba simplemente porque llevaban un piercing o un tatuaje, sin valorar el caudal de su capacidad o la formación que atesoraban. Sin embargo, como resultado de este encuentro informal,  recomiendo a aquellas personas que van a optar por un puesto de trabajo, sobre todo porque nunca sabemos lo que nos vamos a encontrar al otro lado de la mesa de entrevista, que se presenten decentemente vestidas. Siempre será mejor tranquilizar con la apariencia que perder la oportunidad de ser tenido en cuenta por la ropa que se lleva, por el aroma que se despide o por los metales que complementan la imagen exterior. Alguien ya lo dijo una vez: para ser la mujer del César, además de serla, hay que parecerla.

Una señora compartió conmigo una vez su ley de vida: para conseguir algo lo debes desear con todas las fuerzas y lo lograrás. A simple vista parece el paradigma de la sencillez, y bien analizada es la ley que rige la vida de las personas. Pero, ¿cuanto hay de verdad en esto? Partimos de la premisa de que no estamos en un mundo de superhéroes donde con la voluntad podríamos ser capaces de cambiar el signo de las cosas. Por lo tanto, aún cuando la frase encierra una gran verdad, porque prácticamente nadie se mueve de su sitio si no es porque tiene interés en conseguir algo, con más o menos perseverancia, ese proceso de llegar al fin debe estar acompañado por algo más que la voluntad. Es imposible conseguir nada desde la pasividad, lo cual determina que si deseamos alcanzar algo, debemos aportar elementos constructivos para lograrlo. Y si ese valor añadido es la apariencia, pues habrá que hacerle caso.

Muchas veces estamos tan ansiosos por afrontar el momento de la oportunidad, que perdemos de vista los elementos que conforman eléxito o, al menos, los componentes que pueden permitir convertir esa oportunidad en un camino al éxito. La mayor parte de la vida nos dedicamos a tareas que no son de nuestro agrado o que nunca hemos deseado para nosotros, pero lo hacemos por necesidad, por imposición o por compromiso. Por eso es importante establecer la estrategia partiendo de nuestras propias inquietudes y deseos, pero sin olvidar lo que dicta el mercado en cada instante. Si para no desaprovechar la ocasión de incorporarse al puesto de trabajo que hemos deseado toda la vida o para llevar adelante nuestra propuesta, hemos de desprendernos de nuestras extravagancias, no quedará más remedio que hacerlo. Por desgracia, este no es un momento para renunciar a nada por mantener nuestros caprichos.