martes, 14 de enero de 2014

Receta para no declararse en quiebra

Y las consecuencias.

imagen de morguefile.com
En el primer trimestre del 2013 ha habido un 22,5% más de empresas que se han declarado en quiebra, respecto al mismo trimestre del 2012, según el informe del INE, Estadística de Procedimiento Concursal del Instituto Nacional de Estadística, publicado ayer miércoles. El 73,2% de éstas empresas tenían menos de 20 trabajadores, lo cual describe el sector más afectado por esta circunstancia. Por otro lado el informe destaca el descenso del número de familias que se han declarado en quiebra, como un dato remarcable para pensar con algo de optimismo.

De todas las exigencias asumidas por un emprendedor al poner en marcha su iniciativa comercial, la más importante es cumplir con sus compromisos de pagos. Estas obligaciones a veces conllevan tomar decisiones poco populares, pero uno debe realizar todas las consideraciones estratégicas necesarias para consigo mismo, porque de lo contrario se encuentra en un callejón si salida donde cada día que intenta recuperarse aumentan sus deudas. En este momento es cuando se decide entrar en suspensión de pagos; se acude a los juzgados, y el camino del cierre definitivo tiene varias bifurcaciones desagradables.

El principio fundamental de poner en marcha una iniciativa es conseguir evolucionar como empresa y como empresario, lograr dividendos y contemplar el gratificante ascenso de la propuesta. Por eso es desolador declararse en concurso de acreedores, o lo que es lo mismo: suspensión de pagos o quiebra. En ese momento se firma la sentencia de muerte de todos los componentes del tejido de resistencia de la empresa, como son los empleados, los proveedores, el propio empresario, que se lleva por delante la realidad familiar de otros individuos.

Enlaces relacionados

Nada es eterno
Quien se resigna pierde la identidad
Seis pasos para triunfar
Remar en la corriente equivocada
La suerte no existe


El esfuerzo por explicarse la situación suele impedir disociar la persona de su empresa. Cualquier implicado mirará al individuo antes que a la corporación. Me entran serias dudas de que de todo se aprenda en esta vida, porque de la humillación y del desprecio recibido por personas cercanas antes, enemigos legales ahora, es casi imposible aprender nada productivo.

A pesar del título, este artículo no pretende extenderse sobre cómo evitar una quiebra, sino identificar los movimientos que se generan al acoplar las piezas para salir dignamente de la situación. Empecemos diciendo que lo difícil es:

Hacerles entender a los proveedores que la responsabilidad es corporativa y no personal. Algunos de ellos ya conocen el proceso y dependiendo del tipo de obligaciones contraídas, muchas veces no entran en el grupo de quienes van a cobrar. Esa situación les lleva a asumir un ataque frontal con los dueños de las empresas, desoyendo que todos los compromisos son corporativos.

Luego serán los empleados implicadas en la liquidación quienes no entiendan que nada es personal, a pesar de las cercanías practicadas durante la relación laboral. En natural crear un acercamiento entre el trabajador y los jefes. Por lo tanto, cuando se rompe ese vínculo y queda la incertidumbre, afloran las ofensas, los insultos y la sensación de haber sido engañado de forma deliberada.

Entre los más virulentos se encuentran los acreedores principales, los bancos. Estas sociedades no entienden de insuficiencia de recursos para hacer frente a los compromisos y actúan contra el empresario, porque éste había participado como avalista. Es en este momento cuando el intento de convertirse en empresario deja al emprendedor sin sus propiedades, sin sus privilegios, sin nada.

Y si por desgracia el administrador concursal nombrado por la ley no es competente y diligente, a medida que pasa el tiempo las deudas crecen y la sombra que se cierne sobre el empresario empieza a transmitirse a su entorno más cercano. No es una cuestión de voluntad o de compromiso con la situación, es el sistema que intenta proteger al emprendedor, pero que mal gestionado se convierte en su peor enemigo.