viernes, 29 de noviembre de 2013

La inexactitud de las palabras

Enséñame lo que haces y te diré lo que sabes.

La inexactitud de las palabras
@morguefile
Hace pocos días, alguien, tras leer uno de mis artículos, me escribió: “tiene un error, en lugar de acecho ha escrito usted asecho”, apuntó. Le agradecí su observación, aunque la frase estaba dibujada para las dos acepciones. Sin embargo, esta circunstancia me hizo ver la importancia de ajustar las palabras a las intenciones, tan maltratados como estamos por lenguajes malintencionados que nunca dicen lo que quieren ni pretenden que los entendamos y, muchas veces alentamos la inexactitud de las palabras


Ésta es una realidad que suele pasar desapercibida en el entramado de las relaciones humanas, donde, sin lugar a dudas, quienes sacan mayor rendimiento son aquellos que mejor mezclan las palabras sin contenido con los amagos de clarividencia. Sólo hay que mirar a nuestros políticos, estos predicadores sin atril que se valen de la inexactitud para intentar engañarnos minuto a minuto, articulando soliloquios cargados de distracciones lingüísticas que algunos oyentes consumen sin rechistar. Así van construyendo su tejido de acólitos, que sólo necesitan conocer una palabra del conjunto del mensaje para interpretar toda la frases en base a ella, dando por válida la información que reciben en detrimento de la legalidad, la honestidad, el bienestar.

¿Será que ya no leemos tanto? Porque la lectura enriquece el lenguaje. Si es así, estamos contribuyendo, como leí en un blog, a que se cambien las reglas del juego y se introduzcan en el sistema social otras formas de consumir, comportarse o responder a la complejidad. En cualquier otro ámbito de la vida ocurre lo mismo, estamos acribillados de palabreros que exhiben sus curaciones milagrosas sin haber padecido la enfermedad. Y, por mucho que me duela, en el mundo del emprendimiento esta realidad se agudiza, acaso llevado por la crisis, por el perfil cultural de esta sociedad afectada de titulitis, no lo sé. Pero, es cada vez más habitual encontrarse con profesionales excesivamente titulados que padecen la enfermedad del profeta prodigio y se niegan a admitir comentarios o sugerencias de personas forjadas únicamente en la experiencia. Para ellos sólo valen los títulos, sólo son concebibles proyectos formales, tutelados por organismos representativos. En esto debo discrepar con ellos sin remisión. Para mí, como a muchos otros, vale tanto, si no más, la experiencia como los títulos académicos, los conocimientos sobre el terreno como los adquiridos en los libros.

“Te conoceremos más si nos dices dónde has estudiado, las carreras que tienes”, me dijo alguien en una ocasión. Sin embargo, me habría conocido mejor si mirara lo que hago y cómo lo consigo. Entendedme con cuidado, no pretendo demonizar a los profesionales extensamente titulados ni a los emprendedores que argumentan sus propuestas en teorías formales, simplemente miro la realidad desde otro ángulo, desde la perspectiva de alguien que ha estado en mil batallas y que identifica el arma del enemigo con sólo escuchar el eco del disparo.