miércoles, 27 de noviembre de 2013

Lo aparente y lo real

No todo lo que se ve vale lo que parece.

Lo aparente y lo real
@morguefile
Un hombre entró en una tienda de grandes almacenes y preguntó a la dependienta el precio de una cazadora de cuero que colgaba en el escaparate. La empleada le miró de arriba a abajo, observó su pelo desgreñado, sus gastados zapatos, sus descuidados pantalones y le dijo, con toda la amabilidad que cabría suponer a su posición: "Mire, caballero, le voy a enseñar una prenda de otro departamento, porque justo la que ha visto usted, se va un poco de precio". El cliente torció la expresión y se marchó sin decir nada, ofendido y decepcionado. Sólo estaba buscando un regalo para su chófer, que le había servido con tanta entrega desde que montara el primer hotel, del complejo de 150 establecimientos que tenía ahora en todo el país.

Esto suele pasar muy a menudo. En todos los ámbitos de la vida. ¿Qué parámetro utilizó la dependienta para determinar la incapacidad económica de su posible cliente? ¿Su apariencia, su actitud despreocupada, que suele asociarse a indecisión o insolvencia? No lo sé. Pero, pensado fríamente, ella sólo adoptó una postura que la propia sociedad la había inculcado. Por alguna razón que escapa a mi limitada comprensión, hemos asumido una actitud crítica hacia los demás, partiendo simplemente de la apariencia. ¿Cuánto veces no habremos padecido una situación similar, dónde se cierran puertas tras una simple ojeada de la persona encargada de abrirla?

Sin ir más lejos, recuerdo hace unos años, cuando me presenté al despacho de un reputado Concejal, con la intención de hacerle partícipe de mi nuevo proyecto. Por desgracia, no tuve ocasión de sortear el interrogatorio de su indiscreta secretaria, quien se rió sin disimulo, después de escrutarme de pie a cabeza, cuando comenté mi propósito de presentarle un proyecto a su jefe, ¿Tú, una propuesta?, dijo. Me pidió amablemente que pasara el documento por registro. “Ya nos pondremos en contacto contigo”, concluyó sonriente. Nunca más tuve noticia de ese despacho. Sin embargo, a los pocos meses, ésta misma propuesta obtendría una acogida muy favorable en otra Consejería y, para mi satisfacción, estuvimos varios años trabajando en ella. 

Como hay que sacar conclusiones de todo, esta experiencia me aportó dos: la primera me exigía mejorar mi aspecto, porque así me lo pedía la sociedad; la segunda me ayudó a comprender que nunca se debe presuponer que los demás entenderán el valor de la propuesta tal como se concebía, ya que cada cual saca sus propias conclusiones.


Entiendo que sin formalismo el control es imposible, pero determinar el valor de algo a partir de la apariencia es perder la verdadera esencia de su contenido.